DEL BOSQUE VENIMOS Y VOLVEMOS A EL


Empecé a trabajar con las plantas desde niña. No como ciencia todavía [Aunque jugaba dentro del laboratorio de mi padre] — como lenguaje. Las plantas me enseñaban algo que las palabras no alcanzaban a decir. Una forma de interpretar el mundo que después encontraría también en el diseño, en el arte, en la danza. Siempre buscando el gesto exacto. La forma que dicen lo que el cuerpo siente.

Estudié herbología clínica. Soy diseñadora industrial y artista visual. Fui bailarina. Y en todos esos lugares buscaba lo mismo — una manera de entender la analogía entre el reino vegetal y la vida humana. Lo que las plantas saben y nosotros hemos olvidado. Lo que su biología nos enseña sobre la nuestra.

Sin darme cuenta, ese camino me llevó a la piel.
Tiene sentido. La piel es el lugar donde lo que pasa adentro — las emociones, los ciclos, el estrés, la alegría — se hace visible afuera. Es el tejido más vegetal que tenemos. El que respira, el que se adapta, el que habla. Y como las plantas, cuando está bien acompañada — responde.

La Aurora
Cuando presenté la marca al mundo, la llamé Bendita Aurora.
Tenía diecinueve años y veía la aurora como ese instante diminuto entre la oscuridad y el día — la hora roja, hora de oro, [ aur-ora] como se llama etimológicamente. El momento en que llegan los brotes y cae el rocío y florecen las frutas. Un segundo que lo contiene todo antes de que el mundo despierte.

El instante de iluminación.

Bendita aurora — no solo por la naturaleza, sino por la alquimia, por la filosofía, por la diosa de la primavera. Por todo lo que ese instante nos representa: el despertar, la consciencia, el umbral. La alegría, el sol, el amor...

Era una marca adolescente, en el buen sentido. Llena de asombro. Mirando el mundo con los ojos muy abiertos.

La atesoro. Siempre la voy a atesorar.

El Bosque
La empresa siempre se llamó así. Desde el principio, desde hace más de diez años, el nombre legal, el nombre real, es "Laboratorios del Bosque". El bosque siempre estuvo ahí — debajo, sosteniendo todo, esperando.

Pero hace algo más de un año, algo cambió.
Entendí que la aurora es un momento. El bosque es un lugar. Y yo soy del bosque.

Huelo antes de ver. Sé dónde está el agua sin que nadie me lo diga. Conozco el olor de la lluvia antes de que llegue y el silencio exacto que precede al peligro. Sé exactamente cuándo salir y cuándo quedarme quieta entre las hojas.

Soy del bosque como lo es el zorro — no porque lo domine, sino porque le pertenezco.

Me mimetizo con él. Me guardo en él para volver a ser. Como un animal de bosque que necesita volver a su territorio para recordar quién es.

Las fórmulas que llevo más de diez años desarrollando vienen de bosques andinos y tropicales. Del Amazonas. De nuestra tierra. Ingredientes trazables, limpios, vivos. Frutas, semillas, flores, hierbas y hongos que llevan siglos sabiendo lo que la piel necesita.

Por eso volvimos al nombre. No como rebranding — como regreso. Como quien vuelve a casa después de un viaje largo y entiende, al cruzar la puerta, que siempre supo de dónde era... 

Del Bosque.

El gesto
Hay algo que me fascina de la práctica de skincare que va más allá de los ingredientes.

Es el gesto. El ritual. El momento en que una mujer se para frente al espejo — no para corregirse, no para cubrirse — sino para encontrarse. Para decirle a su piel: aquí estoy, te escucho.

Eso es lo que quiero que sea Del Bosque. No una rutina. Un gesto de reencuentro. Una  práctica con sentido. Una forma de volver a ser.

Del bosque venimos. Al bosque volvemos.

Del Bosque existe hoy como existe un árbol — con raíces que no se ven y ramas que apenas empiezan a abrirse. Lo que viene es el Archivo Botánico. Veintidós fórmulas. Años de trabajo. La tierra nuestra convertida en práctica.

Luisa Cavanzo — Herbalista clínica, creadora de Del Bosque


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